Por Lore Caliz
No he podido evitarlo, ha sido como un acto reflejo, como si
me hubiese quemado repentinamente un dedo, el caso es que lo he hecho, y tengo
que reconocer, que volvería a hacerlo.
Me acababa de bajar del ómnibus, dirigiéndome hacia el hospital,
qué irascible se pone una de camino al dentista, sea el día de la semana que
sea, pero además era lunes. Me baje y comencé a caminar, y al cruzar el primer
semáforo, el coche que estaba en primer lugar empezó a pitar como un loco,
obviamente me giré. Un señor, pelo canoso, cara arrugada, le miré, con esa duda
de querer entender si estaba pasándole algo, teniendo la certeza que el
semáforo estaba verde para mí. Después me di cuenta, era un machirulo, una
serie de gestos lascivos salían del auto, que se hacía pegajoso por segundos, y
ahí fue que me queme. Que el maravilloso lunes, de camino al hospital, le
largue un perfecto, bien direccionado y con los ojitos bien clavados corte de
mangas, mientras me daba la vuelta con el brazo en alto, como dejándolo muy
claro.
Mi dedo ocupaba toda la calle. Sus babas se escurrían por el
limpiaparabrisas.
Tengo que reconocer que el resto del camino lo hice volando,
era más grande, ocupaba mucho más espacio en la vereda, y el mundo lo sabía.
Nadie más dijo nada. Y el camino de asfalto se me volvieron flores.